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Jerusalén, 1191 d. C.
La tercera cruzada está haciendo trizas la Tierra Santa. Eres un asesino de élite enviado para poner fin a las hostilidades y tu objetivo es eliminar figuras claves de los cruzados y de los sarracenos. Pero a medida que llevas a cabo tus misiones, empiezas a descubrir una conspiración. Te ves envuelto en un conflicto que amenaza no solo a Tierra Santa, sino a todo el mundo.
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Escucho las campanas de aquella torre majestuosa;
Las campanas del esplendor de Yule en una noche turbulenta;
Repicando con sorna en una hora lúgubre
Sobre un mundo sacudido por la codicia y el espanto.
Sus melodiosos tonos resuenan en mirÃadas de tejados;
Un millón de almas insomnes asiste al juego de los carillones;
Sin embargo su mensaje cae sobre un suelo pedregoso…
Su espÃritu es cercenado por la espada del Tiempo.
¿Por qué suenan, remedando los años felices
Cuando la paz y el sosiego reinaban en la plácida llanura?
¿Por qué sus acordes familiares provocan las lágrimas
De aquellos que tal vez no vuelvan a conocer la dicha?
Hace años os conocÃa bien… hace muchos años…
Cuando el antiguo pueblo dormÃa en la ladera;
Entonces vuestras notas resonaban sobre la nieve iluminada por las estrellas
En medio de la alegrÃa, la paz y la esperanza eterna.
Mi imaginación evoca el modesto chapitel;
El tejado puntiagudo, negra sombra contra la luna;
Los góticos ventanales, ardiendo con un fuego
Que presta la magia a los cÃnicos tonos.
Venerable cada seto cubierto de nieve bajo los rayos
Que añadÃan plata a la plata del valle;
Encantadora cada choza, cada vereda, cada arroyo,
Y alegre el espÃritu del aire perfumado por los pinos.
Los pastores profesaban un simple credo;
VivÃan en inocente beatitud entre las montañas;
Sus corazones joviales, sus almas honestas en paz,
Animados por las sencillas alegrÃas de los mortales.
Pero una horrible plaga aparece en escena;
Un fantástico nimbo se cierne sobre la tierra;
Formas demonÃacas flotan por encima de los bosques,
Y ante cada puerta se alzan sombras malignas.
El Tiempo, siniestro bufón, avanza por la pradera;
Bajo su paso la alegrÃa se extingue.
Corazones joviales se desangran con angustia inexplicable,
Y almas atormentadas proclaman su influencia funesta.
Conflicto y cambio acosan al mundo vacilante;
Pensamientos salvajes y quimeras ciegan la razón;
La confusión se apodera de una raza senil
Y el crimen y la locura merodean impunemente.
Escucho las campanas… las campanas burlonas y malditas
Que despiertan recuerdos que obsesionan y paralizan;
Suenan y resuenan sobre un millar de infiernos…
Demonios de la noche… ¿por qué no permanecéis tranquilos?
Hay en algunas cosas antiguas una huella
De una esencia vaga… más que un peso o una forma,
Un éter sutil, indeterminado,
Pero ligado a todas las leyes del tiempo y el espacio.
Un signo tenue y velado de continuidades
Que los ojos exteriores no llegan a descubrir;
De dimensiones encerradas que albergan los años idos,
Y fuera del alcance, salvo para llaves ocultas.
Me conmueve sobre todo cuando los rayos oblicuos del sol poniente
Iluminan viejas granjas en la ladera de una colina,
Y pintan de vida las formas que permanecen inmóviles
Desde hace siglos, menos quiméricas que todo esto que conocemos.
Bajo esa luz extraña siento que no estoy lejos
De la masa inmutable cuyos lados son las edades.
Nunca he podido apegarme a las cosas nuevas y crudas,
Pues vi la primera luz en una ciudad antigua,
Donde los tejados apiñados descendÃan desde mi ventana
Hacia un puerto pintoresco, rico en visiones.
Calles con puertas cinceladas donde los rayos del sol poniente
Bañaban viejos montantes de abanico y pequeñas vidrieras,
Y campanarios georgianos rematados con veletas doradas…
Tales fueron las vistas que modelaron mis sueños infantiles.
Estos tesoros, heredados de épocas de prudente fermento,
Desdibujan la presencia de las débiles quimeras
Que se agitan en vana mudanza y con fe confusa
Entre los muros inmutables de la tierra y el cielo.
Cortan las cadenas del instante y me dejan libre
Para erguirme en solitario ante la eternidad.
No sabrÃa decir por qué algunas cosas me producen
Una sensación de maravillas inexploradas por venir,
O de grieta en el muro del horizonte
Que se abre a mundos donde sólo los dioses pueden vivir.
Es una expectación vaga, sin aliento,
Como de grandes pompas antiguas que recuerdo a medias,
O de aventuras salvajes, incorpóreas,
Plenas de éxtasis y libres como un ensueño.
La encuentro en puestas de sol y en extrañas agujas urbanas,
En viejos pueblos y bosques y cañadas brumosas,
En los vientos del Sur, en el mar, en collados y ciudades iluminadas,
En viejos jardines, en canciones entreoÃdas y en los fuegos de la luna.
Pero aunque sólo por su encanto vale la pena vivir la vida
Nadie alcanza ni adivina el don que insinúa.
Una noche, paseando, descendà por el talud
De un valle profundo, húmedo y silencioso,
Cuyo aire estancado exhalaba un tufo de podredumbre
Y una frialdad que me hacÃan sentir enfermo y débil.
Los árboles numerosos a cada lado
Se cernÃan como una banda espectral de trasgos,
Y las ramas contra el cielo menguante
Tomaban formas que me daban miedo, sin saber por qué.
Seguà avanzando, y parecÃa buscar
Alguna cosa perdida como la alegrÃa o la esperanza,
Pero pese a todos mis esfuerzos no pude encontrar
Más que los fantasmas de la desesperación.
Los taludes se estrechaban cada vez más,
Hasta que pronto, privado de la luna y las estrellas,
Me vi comprimido en una grieta rocosa
Tan vieja y profunda que la piedra
Respiraba cosas primitivas y desconocidas.
Mis manos, explorando, intentaban rastrear
Los rasgos del rostro de aquel valle,
Hasta que en el musgo parecieron encontrar
Un perfil espantoso para mi mente.
Ninguna forma que forzando los ojos
Hubiera podido ver, habrÃa reconocido;
Pues lo que tocaba hablaba de un tiempo
Demasiado remoto para el paso fugaz del hombre.
Los lÃquenes colgantes, húmedos y canosos,
Me impedÃan leer la antigua historia;
Pero un agua oculta, goteando tenuemente,
Me susurraba cosas que no habrÃa debido saber.
“Mortal, efÃmero y osado,
En gracia guarda para ti lo que cuento,
Pero piensa a veces en lo que ha sido,
Y en las escenas que han visto estas rocas desmoronadas;
En conciencias ya viejas antes de que tu débil progenie
Apareciese en una magnitud menor,
Y en seres vivientes que todavÃa alientan
Aunque no parezcan vivos a los humanos.
Yo soy la voz de la madre tierra,
De la que nacen todos los horrores.”
Cada año, al resplandor melancólico del otoño,
Los pájaros remontan el vuelo sobre un océano desierto,
Trinando y gorjeando con prisa jubilosa
Por llegar a una tierra que su memoria profunda conoce.
Grandes jardines colgantes donde se abren flores
De vivos colores, hileras de mangos de gusto delicioso
Y arboledas que forman templos con ramas entrelazadas
Sobre frescos senderos…todo esto les muestran sus vagos sueños.
Buscan en el mar vestigios de su antigua costa,
Y la alta ciudad blanca, erizada de torres…
Pero sólo las aguas vacÃas se extienden ante ellos,
Asà que al fin dan media vuelta una vez más.
Y mientras tanto, hundidas en un abismo infestado de extraños pólipos,
Las viejas torres añoran su canto perdido y recordado.